El mito del último ciclista y la deuda con el Salto real (Por el Téc. Univ. Gustavo Chiriff / PCU – FA)

El mito del último ciclista y la deuda con el Salto real (Por el Téc. Univ. Gustavo Chiriff / PCU – FA)

Existe en el imaginario colectivo uruguayo una frase que funciona como ley no escrita: «El año empieza cuando llega el último ciclista de la Vuelta». Es una idea que arrastra un romanticismo de otras épocas, una suerte de licencia cultural para justificar un letargo que se extiende desde las fiestas de diciembre, atraviesa el enero de playas, se estira con el carnaval más largo del mundo en febrero y termina de morir en los caminos de la Semana de Turismo. Sin embargo, esta narrativa del «país detenido» es, para la inmensa mayoría, una falta de respeto a su realidad cotidiana.

¿Qué le podemos decir al obrero que marca tarjeta bajo el sol de enero? ¿Qué le explicamos al empleado, al pequeño comerciante, al cuentapropista o al asalariado que no conoce de banderas a cuadros ni de domingos de gloria? Para el Uruguay que produce, el año no empieza en abril; el año es una carrera de resistencia que no da tregua.

En estos meses, el mundo y el país siguieron su curso frenético. A nivel internacional, fuimos testigos de la consolidación de intereses geopolíticos sobre los recursos de Venezuela, la peligrosa escalada bélica en Irán por parte de EE.UU. e Israel, y el desgarrador e ininterrumpido genocidio del pueblo palestino. El mundo no esperó a que terminara nuestra Vuelta Ciclista para seguir su reconfiguración de poder.

En el plano nacional, la agenda tampoco se detuvo. Mucho antes de que el último pedalista cruzara la meta, se pusieron sobre la mesa debates cruciales: planes de empleo, reactivación económica, salud mental y atención a la primera infancia. La gestión pública, con sus luces y sombras, no se tomó vacaciones.

Pero al aterrizar en nuestra realidad departamental, en Salto, la sensación es distinta. Aquí parece que el último ciclista se perdió en el camino o que, directamente, nunca llegó. Es cierto, la Vuelta pasó por nuestras calles con el habitual «bombo y platillo», pero tras el paso de las bicicletas quedó el polvo de la desidia. Lo que hoy se presenta como «gestión» en materia de obras no es más que la inercia de la administración anterior; proyectos que se están terminando por compromiso, pero que carecen de la impronta de una visión renovadora. No hay nada nuevo que celebrar.

Lo que sí hay, y se siente en cada barrio, es un profundo malestar acumulado en estos nueve meses. Los servicios básicos, esos que hacen a la dignidad de la vida urbana, están en un estado de abandono alarmante:

Calles intransitables,  recolección y limpieza de la ciudad con enormes problemas y se le suma fallas en el alumbrado público.

La justificación oficial es siempre la misma: «la situación económica no lo permite». Pero este argumento se cae por su propio peso cuando los salteños somos testigos de una inversión (o mejor dicho, un gasto) desmedido en espectáculos públicos y eventos de entretenimiento.

No se trata de estar en contra de la cultura o el esparcimiento, pero sí de cuestionar el orden de prioridades. No se puede financiar una «festichola» constante cuando los vecinos reclaman la mejora de los servicios básicos.

Es hora de que las autoridades entiendan que el año ya empezó hace rato. Salto no necesita más circo para tapar la falta de gestión. Es momento de que se empiece a gobernar para el Salto que trabaja, el que sufre los baches y el que espera que, de una vez por todas, las promesas de campaña se transformen en realidades tangibles.

Téc. Univ. Gustavo Chiriff / PCU – Frente Amplio