En estos días se ha hablado mucho de mí en redes sociales y en distintos espacios. Nunca di públicamente mi posición sobre lo ocurrido el año pasado, pero visto y considerando el interés que existe por saber si estoy, dónde estoy o cómo estoy, entendí que lo más saludable era compartir mi palabra.
Más allá de las decisiones que tome sobre mi vida profesional —que aún no están definidas—, creo que corresponde expresar con claridad lo que pienso y, sobre todo, poner en valor el trabajo realizado.
No se puede juzgar una trayectoria por una frase aislada y fuera de contexto, ignorando años de trabajo, resultados concretos y compromiso real con la gente.
A mí se me ha querido reducir a palabras dichas en un momento de enojo, cansancio o espontaneidad. Pero quienes realmente me conocen, quienes trabajaron conmigo y quienes vieron mi gestión de cerca, saben que una persona no se define por una frase suelta: se define por sus acciones.
Y mis acciones están a la vista.
Desde mi trabajo en el MIDES y luego en la Intendencia de Salto, no me limité a hablar de sensibilidad social: la llevé a la práctica. Trabajé en territorio, articulé con instituciones, coordiné equipos, impulsé proyectos y busqué soluciones concretas para personas reales, con problemas reales.
Entre otras acciones, escribí, presenté y llevé adelante la creación del primer Centro de Referencia de Políticas Sociales. Ese proyecto no nació en una oficina: comenzó en una propiedad pública abandonada, que estaba a punto de derrumbarse y que había sido, y era en ese momento, una boca de drogas.
Busqué recursos, articulé con instituciones y, cuando los tiempos no daban, trabajamos con nuestras propias manos para recuperarla y transformarla en un espacio real de atención para la gente, que hoy continúa funcionando como un lugar activo de referencia y acompañamiento social.
Eso también es sensibilidad social: recuperar lo abandonado y transformarlo en oportunidades para la gente.
También impulsé Box por la Vida, una propuesta que permitió trabajar con más de 400 jóvenes en situaciones personales muy complejas, muchos de ellos con problemas de consumo, apostando al deporte como herramienta de contención, acompañamiento y oportunidad.
En la Intendencia, en pocos meses, también hubo hechos concretos y visibles: se ejecutó un nuevo sistema de comedores en distintas zonas de la ciudad, que permitió pasar de filas en la intemperie a espacios fijos, con mesas y sillas, protegidos y cuidados, donde las personas pudieran alimentarse en mejores condiciones.
Eso no fue solo un cambio operativo: fue un cambio en la forma de atender a la gente.
Siempre trabajé de la misma manera: articulando lo interinstitucional e interdisciplinario, potenciando a las instituciones y a las personas, con un único fin: mejorar la atención y la vida de la gente.
Eso no es relato. Eso es tangible. Eso es demostrable. Eso lo puede comprobar cualquiera que quiera hacerlo con honestidad.
Por eso también creo que hay una discusión de fondo que vale la pena dar.
Se habla mucho de sensibilidad social. Muchísimo. Pero la sensibilidad social no se mide en discursos, ni en slogans, ni en oportunismo. Se mide en decisiones concretas.
No hay sensibilidad social en sostener durante años soluciones indignas para familias vulnerables.
No hay sensibilidad social en firmar boletas de alto monto para alojar personas —incluso con niños— en pensiones precarias e insalubres, y naturalizar eso como si fuera una respuesta válida.
No hay sensibilidad social en hacerle creer a la gente que está accediendo a una solución real cuando, en verdad, se la empuja a propuestas transitorias, frágiles y sin perspectiva de dignidad.
Y tampoco hay sensibilidad social en usar la necesidad de la gente como herramienta política.
Porque hacer que las personas soporten frío, calor o lluvia, esperando por un plato de comida, mientras después se traduce esa asistencia en conveniencia electoral, no es compromiso social: es una forma de manipulación que siempre rechacé.
Yo no necesito construir una imagen de sensibilidad social. Yo trabajé en eso. Lo sostuve en territorio. Lo hice con aciertos y errores, sí, pero con convicción, presencia y resultados.
También quiero decir algo con claridad: cansarse, frustrarse o hablar desde la impotencia frente a situaciones límite no convierte a nadie en mala persona, ni en mala gestora.
Creo que, en el fondo, la incomodidad de algunos nunca fue solamente una frase. La incomodidad fue otra.
Fue que, a pesar de mis arrebatos, de mi forma frontal, de mi manera espontánea de hablar, de ser una mujer fuerte, con carácter, con errores y con una forma intensa de vivir la política y la gestión, junto a mi equipo logramos más de 6000 votos.
Y eso no se logra desde la nada. No se logra con marketing vacío. No se logra si la gente no siente cercanía, compromiso, trabajo y verdad.
Entonces la pregunta es válida: ¿de verdad el problema fue una frase fuera de contexto… o el problema es que haya una mujer con gestión, con votos, con territorio y con capacidad real de competir?
Yo tengo la conciencia tranquila. Porque mi recorrido está hecho de hechos. Porque mi trabajo quedó plasmado en acciones concretas.
Y porque, al final del día, más allá de cualquier operación o intento de reducción, lo que verdaderamente define a una persona no son las frases aisladas: son sus acciones.
Mi recorrido está hecho de hechos.
Y, más allá de cualquier palabra, lo que verdaderamente queda son las acciones.
María Eugenia Taruselli

